martes, 24 de junio de 2008

3.- ALAS DE MÉXICO.

LA INDUSTRIA AERONÁUTICA MEXICANA.

LOS TALLERES NACIONALES DE CONSTRUCCIÓN AERONÁUTICA*

A principios del siglo XX, la aviación comenzó a expandirse alrededor del orbe y los sucesos políticos y militares, como la Primera Guerra Mundial, contribuyeron a su desarrollo y perfeccionamiento.

En nuestro país, el movimiento revolucionario trajo consigo una severa escasez de armas, esta situación llevó a los grupos beligerantes a una fuerte dependencia de los mercados extranjeros.

Para obtener equipo, vituallas y parque, las facciones revolucionarias recurrieron al contrabando y al mercado negro.

Entre 1915 y 1917, el grupo constitucionalista planteó la urgente necesidad de que el ejército fuera autosuficiente en sus aprovisionamientos, lo que llevó la reapertura de las fábricas de armas, de pólvora, etc. Por esta misma razón se retomó el trabajo de los pioneros de la aviación.

Fue así como se constituyeron en 1915 la Escuela Militar de Aviación y los Talleres Nacional de Construcción Aeronáutica, con sede en la ciudad de México, sus instalaciones ocuparon lo que anteriormente fue la hacienda de Balbuena, en donde Alberto Braniff realizó sus hazañas aéreas entre 1909 y 1910. En este sitio se encuentra actualmente la terminal de autobuses TAPO y una placa indica para la posteridad el lugar exacto donde se inició la industria aeronáutica nacional.

La dedicación, el cuidado y el esfuerzo, de los integrantes de aquellos talleres quedaron plasmados en una pancarta colocada en uno de los hangares, que decía: “Cuando cada uno de nuestros obreros comprenda que un momento de apatía para corregir un yerro en su trabajo ocasiona la muerte a un valiente, México contribuirá al desarrollo de la aviación, sin derramar una sola gota de sangre.”

Un ejemplo de la capacidad de estos talleres, que merece ser citado, es la renombrada “Hélice Anáhuac” (1916), diseñada y elaborada por Juan Guillermo Villasana. Su particularidad radicó en ser concebida especialmente para aumentar las revoluciones de los motores de las aeronaves, tanto mexicanas como extranjeras, ya que las hélices originales no les permitía desarrollar la potencia necesaria para elevarse en el cielo de la capital, debido a la altura de esta ciudad. Fue tal el éxito de esta hélice de madera, que varios países solicitaron su adquisición; entre los que recibieron algunas de estas piezas como obsequio figuran El Salvador y Japón.

A partir de aeroplanos extranjeros, los constructores mexicanos lograron grandes avances en la elaboración de aviones propios. Para finales de 1917 se construyeron aeroplanos totalmente mexicanos, que hasta en sus nombres proclamaban sus raíces. Así los aeroplanos tipo Parasol con motores Aztátl y hélices Anáhuac, conocidos como TNCA (Talleres Nacionales de Construcción Aeronáutica, cuyo modelo fue bautizado con las letras “A” hasta la “H”), iniciaron operaciones, en el adiestramiento del personal y en el campo de batalla.

Como dato curioso, algunos de estos monoplanos se exhibieron en varios desfiles militares en la ciudad de México, remolcados por un automóvil.

A este tipo de aeroplanos, fue seguido por de diferentes equipos vanguardistas para su época; es el caso del helicóptero Villasana, (1923), que fue un claro ejemplo de las capacidades técnicas alcanzadas hacia la segunda década del siglo XX; esta máquina participó en los primeros experimentos por lograr la elevación vertical de una aeronave. Desafortunadamente, este equipo fue destruido sin que hasta hoy se conozcan las causas de tal incidente.

Los logros obtenidos con diferentes aeronaves, fueron aplicados al transporte masivo. De esta manera surgió hacia 1934, un enorme y tosco aparato (cuyo peso fue de 1,620 kilos) conocido como el TNCA MTW-1. Que fue un intento por desarrollar el avión multipropósito. Desafortunadamente, tal como probablemente ocurrió con el helicóptero Villasana, esta máquina también fue víctima de canibalismo aeronáutico.

A pesar de sus notables avances y desempeño, los TNCA entraron en una etapa de decadencia y múltiples factores contribuyeron a su desaparición. La falta de inversión y la poca aplicación de los aeroplanos, fueron posiblemente, los motivos de su ocaso.

Hacia 1941 las instalaciones de los TNCA pasaron a manos de la industria Canadian Car. No obstante, el Gral. Roberto Fierro Villalobos, en ese mismo año, realizó las gestiones necesarias para que las instalaciones regresaran a manos mexicanas, con lo cuál se retomó el viejo proyecto de dotar a la Fuerza Aérea con aeronaves nacionales. En este periodo las instalaciones fueron conocidas como los Talleres Generales de Aeronáutica (TGA).

Los TGA obtuvieron un pedido de 50 máquinas “Teziutlan, para la Fuerza Aérea, de los cuales sólo se logró la construcción de cuatro equipos, debido a que los tiempos de guerra obligaron a México a establecer convenios de participación y ayuda con los Estados Unidos, con lo cual se reinició la dependencia armamentística.

A partir de entonces, los legendarios Talleres Nacionales de Construcción Aeronáutica, pasaron a formar parte de la historia, ya que la llegada de aviones provenientes del vecino del norte, marcó el fin de la construcción de aeroplanos mexicanos y las labores se limitaron al mantenimiento de las aeronaves que paulatinamente se adquirieron.

Para concluir, es necesario reflexionar sobre el potencial que nuestro país demostró para el desarrollo de una industria aeronáutica propia y en los motivos que la llevaron a su extinción, sin pasar por alto que actualmente países como Brasil explotan con gran éxito esta rama del transporte. Es decir, todavía existe la posibilidad de ver surcar por los cielos una aeronave de manufactura 100 por ciento nacional. Que estas líneas sean un sencillo homenaje a todos aquellos que ayudaron a conformar lo que hoy celebramos como la Fuerza Aérea Mexicana.

*Publicado en el diario Excelsior, febrero 2007.